Manifiesto de una clásica con alma de velocidad
Dicen que desde mi última reseña circulan rumores peligrosos: que soy capaz de convertir un aparcamiento en un palacio de Venus, que firmo tratados de paz en butacas de cine oscuras, que hago magia en probadores de tres por dos. Permíteme desmentir con elegancia.
Mi cuerpo, queridos, es de los que exigen ceremonia. No firmo tratados de paz en espacios donde el desinfectante brilla por su ausencia, ni celebro liturgias íntimas entre palomitas derramadas o volantes de cambio de marcha. Soy clásica de biblioteca: mi piel pide sábanas recién cambiadas, puertas con pestillo, y la certeza de que ambos hemos pasado por agua y jabón antes de pasar a mayores.
Ahora bien, no confundas clasicismo con puritanismo. Si tienes la osadía de aparecer con una bolsa de terciopelo que contenga algo de encaje, algo de seda, algo que requiera ajustarse a mi piel... ah, ahí sí abro excepciones. Puedes acompañarme al probador. Puedes verificar tallas, caídas, transparencias. Puedes sostener los corchetes mientras yo sostengo tu mirada en el espejo. Eso no es sexo, eso es *arte preventivo*.
Y ya que hablamos de velocidad y adrenalina: la F1 se acerca. Imagina el ruido de los motores, el olor a goma quemada, el champán en el podio... y una compañera que sabe que la verdadera competición empieza después, en algún lugar con buena climatización y toallas limpias.
Quieres que sea tu copiloto o directamente quieres excitar los caballos de este caballito respingón?